viernes, 4 de octubre de 2019

LA CONCIENCIA….

¿LIMPIA O TRANQUILA?
         Resultado de imagen para conciencia tranquila o limpia?...

La conciencia es un hecho real: todo hombre juzga su actuar, si lo que hace está bien o mal.
La inteligencia orienta al hombre cómo actuar en la vida: hacer el bien y evitar el mal, es decir, no hacer a los demás lo que no queremos que nos hagan a nosotros. (Mateo 7,12) También se dice que  la conciencia es la voz de Dios.   

Un ejemplo: se me presenta la oportunidad de robar un teléfono celular; se‚ que hay un precepto divino que lo prohíbe; la conciencia juzga y habla interiormente: no robes…eso es contrario a un principio divino.

Los psicólogos dicen que la conciencia es el conocimiento íntimo que el hombre tiene de sí mismo y de sus actos. En moral, en cambio, la conciencia es la misma inteligencia que hace un juicio práctico sobre lo bueno o malo de un acto:


a) Juicio: porque por la conciencia juzgamos la moralidad de nuestros actos; b) Práctico: porque aplica en la práctica es decir, en cada caso particular y concreto lo que la ley dice; c) Sobre la moralidad de un acto: es distinto de la conciencia psicológica; lo que le es propio es juzgar si una acción es buena, mala o indiferente.

Leemos en el Cap. 22 de Introducción a la Ética, J.R. Ayllón: Gandhi, acusado de insurrección, se defiende en el más grave de sus procesos con estas palabras:He desobedecido a la ley, no por querer faltar a la autoridad británica, sino por obedecer a la ley más importante de nuestra vida: la voz de la conciencia.


El término “conciencia” tiene dos significados: psicológica y moral. La conciencia psicológica es el conocimiento de uno mismo, es decir, la autoconciencia. La conciencia moral es la capacidad de juzgar la conducta humana desde lo ético o moral.

Hay acciones que afectan poco a la persona y otras acciones que afectan profundamente. Lavarse la mano afecta a la exterioridad de la mano; en cambio, mentir afecta a la interioridad de la persona. Un periodista preguntaba a la modelo Valeria Mazza: ¿Hay trabajos que rechazaste alguna vez? 

Sí. “Nunca hice un desnudo o con ropa transparente. Eso hubiera afectado seriamente mi personalidad”. La conciencia es una curiosa exigencia de nosotros a nosotros mismos. No es una imposición que venga de la fuerza de la ley, ni del peso de la opinión pública, de nadie.

La conciencia juzga con criterios absolutos.  Mediante ese criterio absoluto intuye el hombre su responsabilidad absoluta y su dignidad absoluta. Por eso entendemos a Tomás Moro cuando escribe a su hija Margaret, antes de ser decapitado: “Esta es de ese tipo de situaciones en las que un hombre puede perder su cabeza y aún así no ser dañado”.

También se entiende, al leer la novela “Matar a un ruiseñor”, que el abogado Átticus Finch, en un país racista, se enfrente a la opinión pública de toda su ciudad por defender a un muchacho negro: “Antes que vivir con los demás, tengo que vivir conmigo mismo. La única cosa que no se rige por la regla de la mayoría es la propia conciencia”.

“Ciertamente, para tener una «conciencia recta» (1 Tm 1, 5), el hombre debe buscar la verdad y juzgar según esta misma verdad. Como dice san Pablo, la conciencia debe estar «iluminada por el Espíritu Santo» (Rm 9, 1), debe ser «pura» (2 Tm 1, 3), no debe «con astucia falsear la palabra de Dios» sino «manifestar claramente la verdad» (cf. 2 Co 4, 2).
El mismo Apóstol amonesta a los cristianos diciendo: «No se acomoden al mundo presente, antes bien transfórmense mediante la renovación de la mente, para que puedan distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto» (Rm 12, 2), (Juan Pablo II-V.S.).

A propósito… ¿Qué de los políticos imputados y acusados de corrupción cuando histéricamente  infanliloides graznan: “Estoy con la conciencia tranquila”? 


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