viernes, 7 de julio de 2017

SIMULAR O DISIMULAR

¿NECESIDAD  O  HÁBITO?

Resultado de imagen para disimular
El sociólogo y filósofo francés Jean Baudrillard realizó una serie de estudios sobre la conducta social, traducido al español como Cultura y simulacro. Hacía distinción entre el “disimular” y “simular (Barcelona: Kairós, 1978).
  
Dice Baudrillard, disimular es fingir no tener lo que se tiene. Simular, es fingir tener lo que no se tiene. Quien disimula hace todo lo posible para ocultar, no evidenciar -por ejemplo- que contrabandea armas, dinero, joyas, drogas, etc. 

Contrariamente, quien simula aparenta ser quien no es o poseer lo que no tiene; busca “vender”, “presentar”, “exportar” una figura irreal, inexistente. Vemos que en ambos ejemplos se finge, pero, existen importantes diferencias entre ambas conductas. No es lo mismo disimular” y “simular”.

La principal es que el disimulo no intenta cambiar la realidad, sólo la oculta o enmascara; en cambio, la simulación muestra como verdadera algo que no lo es. Uno expresa una presencia, lo otro, una realidad inexistente, por lo tanto, mentirosa.

Luego, simular es más grave que disimular. El mal de la cultura actual, es la simulación.

Posiblemente –dice Mario Pereyra- el ejemplo más ilustrativo de este fenómeno es Disneylandia. Conocemos ese mundo artificial creado por el genio de Disney. Allí la técnica alcanza su máximo desarrollo; es la técnica que Humberto Eco (1986) ha denominado la “audioanimatrónica”, o sea, la animación por el sonido y la computación.

Se ha construido un mundo de fantasía que parece  ser más verdadero que el real, un mundo donde el sueño es tangible, concreto y posible de instalarse en él para gozarlo plenamente. Quizá sea una de las experiencias más alucinante de Disneylandia (confieso que nunca había visto algo igual) al entrar en la “Casa Embrujada” o navegar entre los “Piratas del Caribe”.
 
El espectáculo de los piratas consiste en recorrer en un bote una serie de cavernas con tesoros abandonados, esqueletos entre telas de araña, cuerpos ajusticiados que parecen mirarnos fijamente a los ojos y amonestarnos. Después se atraviesa una bahía entre fuego cruzado de un barco y los cañones de un fuerte atacado.

Se avanza luego por un río, donde se observa la ciudad invadida, bajo fuego, saqueada, las mujeres que huyen y los piratas borrachos, tumbados, cantan, bailan, nos hacen guiños y hasta nos disparan arrojándonos un chorro de agua. Todo parece real, pero es sólo una fantasía, una parodia, un gran simulacro.

Lo que Baudrillard y otros sociólogos modernos dicen (y comprobado está) es que en nuestra actual sociedad muchas acciones nuestras, individuales y sociales, es una especie de Disneylandia. Casi todo es fantasía, montaje. (Mario Pereyra Revista VF p. 15)

Cuando las estadísticas oficiales y los números macroeconómicos nos bombardean con que el país está respirando un crecimiento económico nunca antes visto…¿estamos ante una simulación o disimulación?

Entonces, ¿por qué no nos esforzamos para ser auténticos, íntegros y veraces? ¿Por qué no ser más confiables, más leales, más responsables y fieles? ¿Por qué no apostar por la verdad y rechazar la mentira?

Sabemos que cuesta seguir el camino de la rectitud, pues, nuestra conducta habitual, no necesaria, camina y avanza con pasos seguros la avenida de la teatralidad. 

Es un desafío para los hombres que nos llamamos de “bien”. Es una interpelación de nuestra condición humana y cristiana para modificar rumbos para derribar el mito de  “lo políticamente correcto” que no pocas veces queremos justificar simulando o disimulando.

El simulacro es mentira, lo que se muestra no es real. El parecer no es el Ser. Así se abre un abismo que aleja la mentira de la verdad, lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto. 

Con el simulacro cobra vida incertidumbres y sospechas; corrupción y el “pokaré” Y esta realidad es la que, lamentablemente, puede mucho, demasiado. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario