martes, 6 de septiembre de 2016

AMAR A TODOS,

¡¡INCLUSO A QUIEN NO SE LO MERECE!!

Resultado de imagen para amar a todos¿Quién alguna vez no ha sufrido indiferencia, desprecio o daño, incluso de su propia familia o entorno cercano?

De qué serviría saber mucho y ser muy querido, si no quisiéramos intentar hacer nada bueno, como perdonar? Perdonar es renunciar al derecho por amor a favor de un amor sin derechos, es ver salir del olmo viejo, hundido su podrido centro, nuevos rebrotes verdes…(cfr. Carlos Díaz -10 palabras claves para leer el Credo, p 44).

Parte de la Reflexión de Benedicto XVI dice así: El evangelio (Mc. 12,28-34) nos propone la enseñanza de Jesús sobre el mandamiento más importante: el mandamiento del amor, que es doble: amar a Dios y amar al prójimo.

Esto, además de los beneficios, mueve el corazón a amar; porque el que hace al otro un beneficio, le da algo que tiene; pero el que ama, se entrega a sí mismo con todo lo que tiene, sin que le quede algo más para dar”.

Antes de ser un mandato -el amor no es un mandato-, es un regalo, una realidad que Dios nos hace conocer y experimentar, de modo que, como una semilla pueda también germinar dentro de nosotros, y desarrollarse en nuestra vida.

Si el amor de Dios ha echado raíces profundas en una persona, esta es capaz de amar incluso a quien no lo merece, así como Dios hace con nosotros. El padre y la madre no quieren a sus hijos solo cuando se lo merecen: lo aman siempre, aunque es natural que le hacen entender cuando se equivocan.

 De Dios, aprendemos a querer siempre y solamente el bien y nunca el mal. Aprendemos a mirar al otro no solo con nuestros ojos, sino con la mirada de Dios, que es la mirada de Jesucristo. Una mirada que sale del corazón y no se detiene en lo superficial, va más allá de las apariencias y captura los más profundos anhelos del otro: de ser escuchado, de una atención gratuita; en una palabra: de amor.

Pero también se produce en la dirección opuesta: que abriéndome al otro tal como es, yendo hacia él, haciéndome disponible, me abro también para conocer a Dios, para sentir que está allí y que es bueno. Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables y están en relación recíproca.

¡Cuánto necesitamos ser acogidos, bien queridos! Da más fuerza saberse amado que saberse fuerte, aseguraba Goethe. La certeza de sabernos amados nos hace invulnerables, incluso en nuestra vulnerabilidad, es decir, el querer-cariño, propio del corazón filantrópico, al que hemos denominado bienquerer. (cfr. Carlos Díaz “10 palabras para educar en valores” p. 27).

Perdón... pronunciamos muchas veces para disculparnos. Pedimos perdón a nuestro cónyuge, a un amigo, a vecinos... Comprendemos que para ser perdonados, para liberarnos del mal, debemos reconocer nuestras faltas. “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Proverbios 28:13).

Dios es amor y perdona a todo el que se arrepiente. También es justicia y santidad. Su perdón se aplica con justicia porque Jesús, su Hijo, expió en la cruz los pecados de todos los que creen en él. ¡Jesús sufrió el juicio en nuestro lugar! ¡Dios no se acordará más de nuestras iniquidades! (Heb 8:12).

“Cuanto está lejos el oriente del occidente, (tanto) hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones” (Salmo 103:12). Luego, es posible amar al otro, aun hoy. Es sabido que Madre Teresa de Calcuta, Misionera de la Caridad, durante más de 40 años consagró su vida a los pobres y los enfermos.

¿Merecemos el perdón de Dios por tantas maldades cometidas? No, no lo merecemos, lo obtenemos por su misericordia. Así las cosas, perdonemos y amemos, incluso, al que “no lo merece”. ¿Por qué no lo intentamos..?. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario