sábado, 26 de marzo de 2016

PEDRO y JUDAS - DIMAS y GESTAS

¿CON  QUIENES  ME  IDENTIFICO?

Sabemos por el testimonio de los Evangelios que los discípulos siguieron al Señor después de apresado. Pedro lo seguía de lejos como queriendo pasar desapercibido, impulsado por el amor  a Jesús, aunque con patentes indicios de cobardía, quien tanto alardeaba de inquebrantable fidelidad.


En el patio del palacio, la maligna y astuta  mujer preguntó a Pedro con recelosa intención: ¿No eres tú uno de los discípulos de ese hombre?. No lo soy, respondió, asustado. Luego, otra criada le dijo impertinente: “Tú también estabas con el Galileo”… la misma mujer  dijo a otros: Este es uno de ellos”. Pedro lo negó con juramentos.

Pedro, tú tan valiente, que en el Huerto cortaste la oreja de Malco…¿Cómo es que a la voz de una mujerzuela tiemblas de miedo? ¡Pobre Pedro!..¿Con que no conoces a Jesús que tanto te amó y tantas pruebas de predilección te dio y a quien decías que estabas dispuesto a ir con Él hasta la muerte? (Mt. 26, 33-35) ¿Olvidas que inspirado por el Espíritu de Dios, dijiste que Jesús era el Mesías, el Hijo de Dios, el Santo de los Santos? (Mt. 16-16).

El Señor, al atravesar el patio donde estaba el débil discípulo, le dirige una tierna y dulce mirada, llena de infinita bondad…Pedro, partido de amargadísimo dolor, salió del patio y lloró con inmensa pena y dolor, sinceramente arrepentido de sus reiteradas negaciones, porque sintió cuán enorme era su culpa y su corazón se partió de dolor. Y ya no terminó de llorar sus negaciones, sino hasta su muerte.(Según antiquísima tradición cristiana).

Judas, el más pérfido de los mortales, con ánimo inquieto, también merodeaba el lugar para averiguar la suerte del Maestro. Y cuando supo que el concilio de primates lo había condenado a muerte, pretendió impedir la ejecución, devolviendo el dinero del sacrílego contrato diciendo: “Pequé, entregando sangre inocente”. Los pontífices dijeron: Y eso ¿qué nos importa?¡Es cosa tuya! Luego recogieron las monedas y dijeron: “No pongamos en el cofre del templo porque están manchados de sangre” (Mt. 27, 4-6).

A diferencia de Pedro que se arrepiente y enmienda, Judas sólo se arrepiente y no se enmienda,  quedándose con terribles remordimientos. Desenfrenadamente codicioso, de modo exagerado amaba el dinero, esta fue la causa de la traicionera venta de su Maestro. Ciertamente Judas amaba a Jesús, pero, menos que al dinero.

Su mayor desgracia era que no creía que Jesús era Hijo de Dios, el Mesías Salvador. El desventurado Judas se desesperó y no acudió a Aquel que vino al mundo para salvar a todos los hombres. ¿Cuántas veces viste y oíste al Maestro, repetidamente obrar misericordiosamente con la Magdalena, la adúltera, la samaritana, la parábola del hijo pródigo…?

Malaventurado Judas, moriste en el día que era facilísimo salvarse, justo cuando nuestro Redentor padecía por todos los pecadores! ¡No creíste alcanzar el perdón de tu crimen…. Te perdiste y lo perdiste todo!.

Gestas, uno de los ladrones crucificados blasfemaba diciendo: “Si eres el Cristo, sálvate y sálvanos. Dimas, el otro ladrón lo increpaba diciendo: “Nosotros, ciertamente y con toda justicia recibimos castigo, pero Éste, nada malo ha hecho”. Y dijo a Jesús: “Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino…Jesús respondió: “En verdad te digo, hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso”. (Lc 23, 39-43)

¡Dichoso tú, feliz ladrón...en los últimos instantes de tu vida, dolorido de tus pecados, pediste perdón, haciendo al morir, el más sonado atraco, ¡te robaste el Paraíso!. (cfr. Sacrosanta Pasión de Nuestro Señor Jesucristo - pág. 80 y sgtss- P. Gregorio Martínez Cabello).

¿Con cuál de estos personaje me identifico?...
Que las reflexiones de esta semana santa me haga dar el definitivo salto de mi beata somnolencia hacia virtudes sublimes como la fe, humildad, confianza. Pedir perdón y perdonar, para que también escuche de tus labios: ¡Estarás conmigo en el Paraíso! Amén.




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